La frase



“Tan real como una fragancia”.
Jorge Drexler, Eco.



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miércoles, agosto 11

Encefalopatía hepática

El hígado produce moléculas y las envía a los otros órganos, para que ellos las vuelvan energía. Los músculos son unos de los receptores. Sin energía suficiente, las piernas no son capaces de subir escaleras y los brazos no levantan ni su propio peso.

El cerebro, otro de los receptores, está compuesto por neuronas, que son las que dan órdenes, como recordar. Recordar es otra de las órdenes que se pierden cuando ellas (las neuronas) no tienen energía. Sin energía, se borran todos los recuerdos: la familia, los amigos, las historias, los cuentos, las costumbres, la rutina del día a día... literalmente todo, menos el recuerdo de la hija, que fue el único que se guardó en un lugar más allá de la memoria.

Cuando más neuronas, a parte de las de los recuerdos, dejan de funcionar PUF, el cerebro se funde, como un apagón en la ciudad. El cerebro fundido no puede enviar órdenes al corazón para que se mueva. Si el corazón no se mueve, la sangre deja de circular. Si la sangre deja de circular, ya no hay nada que hacer.

Es así como se muere tu ser más querido de encefalopatía hepática.

viernes, julio 16

Mareo

Marearse es horrible. Todo comienza con una leve sensación de no poder más.

La respiración se acelera y no quieres levantar los brazos para evitar que se encalambren. Siempre se sabe cuándo va a empezar. Te intentas calmar, pero las inhalaciones son rápidas e insuficientes. Cierras los ojos y te concentras en que no pase. Pero pasa. Te empiezan a doler ojos y a sentir balanceo de la cabeza, pito en los oídos y el cerebro punzado.

Luego que sabes que ya no hay vuelta atrás, intentas sostenerte de cualquier parte. Sientes tu mano apretando el tubo con todas tus fuerzas, que son pocas. Al rededor, muchas personas hablan, no entiendes a nadie, sólo oyes un pitido y sientes un dolor intenso en tus oídos.

Cuando por fin tomas el valor para abrir los ojos, sólo ves los colores mezclados con fugas hacia el centro. Te chocas con las personas, no sabes donde estás y no puedes ver absolutamente nada a parte de los colores con fugas.

Aquí es cuando más mal te sientes. Haz llegado al punto más crítico de tu mareo y te vas a quedar en ese punto más tiempo del que tardaste en llegar.

En este momento, los pies no te responden y tú sólo piensas en que la caída no sea muy dura cuando llegue el desmayo. Las piernas se vuelven una masa que responden torpemente a las órdenes de tu cerebro desoxigenado. Tus ojos... esos son los peores. No sabes distinguir en qué dirección van las escaleras eléctricas, no ves dónde hay huecos y dónde no. No puedes reconocer a ninguna persona ni ningún lugar. Toda característica que reconoces en condiciones normales, se convierte en una mezcla de colores con fuga hacia el centro.

Sientes alfileres en tu cerebro y no sabes dónde están pisando tus pies. El pito de tus oídos se vuelve más agudo, pierdes el equilibrio y no sabes caminar. Un pie se enreda con el otro y tu cuerpo golpea cualquier superficie sin sentir nada. Sólo te das cuenta que todo mejorará cuando sientes la mano de alguien tomarte por el brazo. Ya puedes tener la seguridad que si te desmayas, el golpe no será muy fuerte.

Luego te hacen sentar, mientras tú cierras los ojos por esa desesperante fuga de colores. Todo se ve en puntos y sólo reconoces el amarillo.

Ya el asiento no es suficiente, aunque haya pasado la peor parte. Te acuestas, levantas los pies sobre una caja y sigues con los ojos cerrados. Todo te da vueltas. La camilla se empieza a mover con cada respiración que das. Los punzones en tu cerebro se agudizan, sientes el cuello frío y apenas te tocas la cara, sientes que estás empapada en sudor.

El pitido fastidioso en el oído se ha convertido en un dolor de otitis. Miras tus pies mientras los mueves. Ya las masas responden a los cortos circuitos de tu cerebro.

Te atreves a abrir los ojos. Ya los colores están más estables y sabes dónde estás. Te levantas suavemente e intentas ponerte de pie.

Antes de irte, las personas que están a tu alrededor te cuentan lo blanca que estabas cuando llegaste. "Ya por lo menos recuperó el color". Eso es mucho decir si tienes unos cachetes rojos, como de campesina.

Sabes que no puedes ir al lugar que tenías pensado. Haces unas llamadas, llegas a tu casa y te acuestas. Tres horas después, te pones a escribir sobre las sensaciones del mareo y las vuelves a sentir. Dolor en los ojos, balanceo de la cabeza, pito en los oídos y el cerebro punzado.

A este punto, decides dejar de escribir y volver a la cama. No quieres sentir esa desorientación de nuevo y menos cuando ya te ha pasado dos veces.

jueves, marzo 25

La vida del alma

A Ana María.

Hola mami, ¿cómo te fue? Mmm, vas a ver que mañana llegan más pacientes, ese trabajo te va a dar para irnos de aquí.

No, no te preocupes... Pero.... No, no llores. Yo estoy bien acá, yo me siento bien. No tenemos por qué irnos. Sí, ya sé que no te sientes del todo bien pero ella en realidad no te vigila como tú dices. No le pongas cuidado a mi abuelita que ella sí te quiere, al fin y al cabo es tu mamá.

- Maria Clara... Maria Clara. ¿Qué te pasó? Durante un momento no me respondiste.
- Claro que sí, lo último que me contaste fue lo del trancón.
- No, lo último que te dije es si querías tomar algo. Mirá que está haciendo frío, un guaro está bien.
- No, gracias. Eso no me gusta.
- Ah, perfecto. Entonces pidamos otra cosa.
- No, es que no me gusta tomar.

¿Si ves mami? Yo te dije que algún día íbamos a tener de nuevo un lugar que fuera cien por ciento de nosotras. Te lo dije. Mira, ahora estamos viviendo frente al mar y todo. ¿Ves que sí era buena idea mandar la hoja de vida? Además, nada nos ataba a Medellín. Ahora puedes llegar a la hora que quieras, hacer lo quieras cuando quieras, llevar a quien quieras a la casa. Ya no hay problema de nada. Ya podemos decir de nuevo "nuestra casa". La verdad yo también estoy más a gusto acá que donde estábamos, por lo menos es más tranquilo, así no te veo llorar.


- Cuéntame cómo vas.
- Bien, ahora estoy mucho mejor porque a mi mamá últimamente le ha ido perfecto. Ya no está viviendo donde la abuela, sigue conmigo y ya no se preocupa por lo del trabajo. Se ha vuelto una persona más alegre de lo que siempre ha sido.
- ... Eh... S... Este... Qué bien.

¿Te despidieron? ¿Por qué? No, no te preocupes que ella sí nos va a tratar bien. Sí, ya sé que no se siente muy a gusto tener que volver con el rabo entre las patas pero algo es algo. No te preocupes, aprovechemos estas vacaciones aquí y cuando volvamos encuentras otro trabajo.

- Como te iba diciendo estoy feliz con mi carrera y con mi universidad. Me ha ido muy bien hasta el momento. Espero encontrar una oportunidad de beca para irme a otro país a hacer un semestre de periodismo. Ella está muy orgullosa de mí. ¿Te imaginas?
- ¿Orgullosa? Y... ¿cuándo hablaron?
- No, no, ella no me ha dicho eso específicamente pero yo sé que sí lo está. ¿Te imaginas la hija menor, la niña, ya buscando irse para otro país? Cómo estará de vieja ella.
- Pero... Maria. Yo oí que... que...
- ¿Qué oíste?
- Pues... que... que tu mamá está muerta.
- No le creás a esa gente que está loca. Ella está con los que la queremos y con los que quiere estar. Nada más.

jueves, febrero 18

Bienvenida

Mi espalda no me duele, mi cuello no me aqueja.

No madrugo nada y trasnocho todos los días.

Leo lo que quiera sin pensar en hacer trabajos.

Veo noticias sin que ningún profesor me pregunte qué hay para hoy.

No tengo ojeras pero sí muchos sueños.

No hay afán en mi rutina y tampoco hay rutina.

Eso son las vacaciones. Eso fueron las vacaciones que acabaron esta semana. Bienvenidos los dolores de espalda, de cuello y de cabeza. Ya empiezan los horarios de levantarme a las 6 de la mañana y acostarme a las 9 de la noche. No más leer literatura de corrido ni ver noticias sin que me pregunten qué hay para hoy. Otra vez el afán y otra vez los sueños que empiezan a desdibujarse. De nuevo regresan los pesimismos de la carrera y de la vida. Retorno a pensar qué pasará mañana.

Como se nota que ya entré a estudiar.

viernes, enero 22

Y dale alegría a mi corazón

"A veces tu corazón late más rápido y a veces más lento. Eso no es normal. Definitivamente tenés arritmia". Paradójico que la doctora me haya dicho eso cuando uno de mis mayores gustos es bailar salsa, sentir el ritmo en mi cuerpo y moverme como él me lo indique.

Estando en cualquier lugar, empiezo a golpear un tarro intentando simular unas congas o unos bongoes. Aunque lo haya querido, nunca he estado en clases de percusión, pero los que saben me han dicho que podría empezarlas sin ningún problema, que me defiendo bastante bien con eso del ritmo.

Timidamente podría decir que mis pies y mis manos tienen ritmo. Un amigo me dice que lo de la arritmia cardíaca es una venganza por eso. Yo prefiero decir que eso se debe a que alguien me cambió el tiempo entre los latidos.

Definitivamente fue un hombre pero me gusta la idea de pensar que mis latidos siguen el ritmo de algunas canciones. Mi corazón es algo así como la guitarra de Are you gonna be my girl?, el inicio de Calaveras y diablitos o la canción Pa' bailar de Julieta Venegas con Bajo Fondo.

Con tal de que la arritmia no se me pase a los pies y a las manos, seguiré bailando y haciendo bulla hasta que me canse de hacerlo.

martes, diciembre 15

Su hombre perfecto

Ella lo mira hasta que él da vuelta hacia ella. Ella mira hacia su cuaderno, como si pudiera concentrarse. Él la mira a ella queriendo perderse.

Ambos se miran pero no se hablan. Se reconocen pero no se nombran. Se hablan pero sin palabras.

Siempre estuvieron juntos, sólo que no lo sabían. Ella lo esperaba a él desde que era pequeña. Él creyó que ella nunca podría existir pero guarbada su esperanza.

Se hablaron sin reconocerse aún. Ella le regaló una primera canción y luego se perdió en esos ojos; y él... bueno, él sigue siendo su hombre perfecto.


viernes, octubre 9

A la muestra

Siempre he dicho que lo que sigue después de la muerte de un ser querido es el egoísmo. Egoísmo de que esa persona ya no esté a mi lado, de que yo sufra, de que yo extrañe. Yo, yo, yo, yo.... siempre es así después de la muerte del otro.

A veces uno llega a creer (siempre lo hago) que esa persona sigue aquí. Que puede leer lo que uno escribe, que puede oír lo que uno dice, que puede sentir lo que uno siente. Cuando uno perdió a lo que más quería se aferra a pensar que no lo ha perdido.

Comparto con ustedes esta canción para que cada uno despierte a su eco de siglos de bella durmiente. Por mi parte, mi eco sigue alumbrando desde otro tiempo, desafiando las leyes del tiempo y de la distancia.

La voz es la vista de quien no ve, dice Saramago. Así por lo menos se pueden purgar las penas, digo yo. ¿Vos también tenés un eco presente? Comentá, saca el dolor así sea un poquito.


jueves, octubre 1

Siempre se siente bien...

Sin vino, sin marihuana, sin ron, sin aguardiente, sin cigarrillo, sin nada. Sólo con el dolor de espalda y el pensamiento que mañana tengo que madrugar. Saber que si me duermo ya, alcanzaré a dormir 5 horas, en una semana a la que le debo muchas horas de sueño; que se van a pagar todas el domingo... espero.

Saber que tengo un trabajo por entregar, que hay clase de seis, que mañana también trasnocho, que debo uno, dos, tres, cuatro artículos que ni siquiera he empezado a idear. Saber que no puedo dormir mañana por la tarde, sentir el cansancio en los ojos, en los pies, en el cuello (sobretodo en el cuello) pero querer seguir, así la mente no saque nada bueno esta noche.

"Maria Clara, ¿si va a hacer lo de su abuelo respecto al título de periodismo?", "acuérdese que necesito este artículo terminado para empezar a calificar el otro", "ve, ¿cómo vas con el escrito de las jornadas?", "¿Usted mañana qué va a hacer? ¿Viene temprano?", "no se te vaya olvidar lo de Telemellín".

Pensar que de nada sirve escribir estas cosas porque lo bueno ya está escrito, creer que es mejor guardármelo. Pensar mientras escribo que esto no va con el estilo. ¿Estilo?... La universidad hasta le hace creer que uno tiene estilo.

Saber que muero a cada segundo, sentir el vació que tengo por dentro desde hace 5 años, creer en un sentimiento que hemos convertido en una manera de ser, mortificarme pensando que voy a dormir poco y saber que no voy a ningunga parte con este escrito.

A pesar de eso, mis dedos no dejan de teclear algo que antes escribía en un papel. Siempre se siente bien. Cambiar de rutina, hacer lo que uno quiere y tirar lo que le aqueja, así sea por un momento. Soñar un rato, olvidarse de todo sin ayudas "externas", creer en que las cosas mejoran y que uno sirve para algo.

Siempre se siente bien... hasta que me pongo la pijamita rosada y ZÁS se acabó.